DERECHO AL OLVIDO O EL PASO DE UN COMETA QUE AHORA NADIE ESPERA.

 


Siempre me han atraído, por melancólicos, esos lugares turísticos que entran en una especie de letargo fuera de temporada. Cuando los turistas desaparecen, dejan tras de sí paisajes fantasmales, mástiles arriados, callejones donde anidan torbellinos de hojarasca. Es como que el tiempo se detiene, se diría que son espacios con el tiempo en suspenso. Ese es, también, el espíritu de estos poemas. Me fascinaba la idea de trasladar al texto la irrealidad o la ficción del uso horario. La poesía es asimismo una convención, que concierne al lenguaje. El hecho de atrasar la hora, en el caso del invierno, y tener en nuestra experiencia una especie de hora fantasma, funciona a la perfección como metáfora y me recuerda a esos lugares de urbanismo extraordinariamente desarrollado que se quedan vacíos, desolados. Lo acontecido en semejantes escenarios ha de pertenecer a otro tiempo, designado aquí como «la era de la desprogramación», esto es, la era del azar, porque el azar tiene un comportamiento poético opuesto a la voluntad. Si en «Horario de invierno» hay un sesgo evidente de metaliteratura o metapoesía, se debe a que esa manipulación del tiempo me estimula como elemento de reflexión y de creación (véase "Carrer dels Tallers" y «Arte de la invisibilidad»).

    La otra gran metáfora que traspasa estos poemas es la figura de el hombre invisible. Debo insistir en el hecho de que, personalmente, concibo la poesía como una forma de literatura. Se tiende a pensar, sobre todo, ante poemas de corte más lírico, que es directamente al poeta a quien escuchamos. Para mí no hay debate. El poema ha de ser ficción, porque ningún poeta habla de forma tan afectada cuando va a la oficina o a comprar el pan (salvo quizá en las películas de José Luis Cuerda). El poema tiene sus propios códigos y por lo tanto su propia voz. Es decir, la voz que habla en el poema al mismo tiempo es y no es el poeta que lo escribe. Digamos que el poema se nutre de las vivencias, la memoria, los deseos, los miedos, la ideología del poeta: el poema no tiene DNI pero sí ADN. Semejante paradoja es lo que me he propuesto evidenciar con este leitmotiv o hilo conductor, como se dice en el poema “Midnight Rambler”:


        Estoy hablando del hombre invisible:
        la sombra que proyectan las palabras.


    Cuando la persona desaparece, aparece el personaje. Es la consumación de un desdoblamiento en otro plano, bajo otro tiempo, con otro código, que asume su propio «Conflicto»:


        la resistencia del lenguaje,
        el déficit del idioma,
        el más allá de las palabras


    y el más acá, también. La sombra inmaterial de las palabras del poema no se ve, pero se siente.

    Formalmente, en estos poemas en concreto, los de la sección «Horario de invierno» (por cierto, fue el primer título que barajé para el libro en su conjunto) he eludido la rima, aunque combino la métrica clásica y la sintaxis en ocasiones muy tensionada, para reforzar esa idea de extrañamiento de quien se sitúa en una tierra de nadie, o en una hora fantasma: en un tiempo sin tiempo. El paso del tiempo y sus corolarios es uno de los temas centrales de este libro... y de toda la literatura universal.



        Tú también fuiste joven. Seguro que recuerdas.


    Este alejandrino inicial del poema «El paso del cometa», que da título a una de las secciones (no sé si interesa, pero es otro de los descartes con el que podría haber titulado este poemario) es suficientemente aclaratorio, así como los versos de Baudelaire citados en el epígrafe pertenecientes al poema «Lamentaciones de un Ícaro»:


        En cuanto a mí, mis brazos están rotos 
         por haber abrazado las nubes.


    En el arranque del poema «El paso del cometa» colisionan el paso del tiempo y la memoria como conciencia de su irreversibilidad. Para John Berger el pasado va creciendo alrededor nuestro «como una placenta para morir». Así lo ve también Vila-Matas en el Mal de Montano: «sin la memoria, sería aún más angustiosa nuestra vida, aunque tal vez sea aún más angustioso darse cuenta de que cuanto más crece nuestra memoria, más crece nuestra muerte».

    Esta sería, pues, la preocupación central de este poemario, pero no la única. La memoria es en puridad condición sine qua non para la literatura; es decir, es la principal materia prima de la creación literaria. Me interesa especialmente la tensión de fuerzas que se establece entre ambos conceptos: la memoria que conforma la escritura, y la literatura que deforma la memoria. Dice Zygmunt Bauman, analizando la ambivalencia de la memoria: «La memoria selecciona e interpreta, y el qué selecciona y el cómo hay que interpretarlo es tema de debate y de continua polémica. La resurrección del pasado, el mantener el pasado con vida, solo puede conseguirse a través de la activa y selectiva labor de reprocesamiento y reciclaje que realiza la memoria». El «qué» concierne a la historia y el «cómo», a la poesía. La poesía, como forma literaria, termina (o empieza) siendo una ficción. La literatura, en definitiva, es la máxima expresión de ese «reprocesamiento y reciclaje que realiza la memoria». La tensión entre verdad y ficción es lo que me interesa explorar. Nuevamente, Enrique Vila-Matas lo dice sin ambages: «cualquier versión narrativa [aquí sería poética] de una historia real es siempre una forma de ficción, ya que desde el instante en que se ordena el mundo con palabras se modifica la naturaleza del mundo». Esto adquiere una dimensión mayor si cabe en el caso de la poesía, porque lo que se ordena con palabras ya no es el mundo, sino el propio texto. Esto es lo que coloquialmente se entiende por rizar el rizo, aunque, tratándose de poesía, es más bien romper el consenso.

    El paso del cometa como metáfora asimismo de las potencialidades que adornan la juventud, el esplendor, las promesas, las capacidades intactas, todo aquello que describe una órbita tan amplia que se presenta a lo sumo una vez en la vida, y en el momento de asistir a su visita quizás no estamos avisados, o no se dan las condiciones, ni tenemos la disponibilidad para disfrutarlo, porque, como canta John Lennon, «la vida es lo que te sucede cuando estás ocupado haciendo otros planes».

    Y, sin embargo, incluso contando con suficiente disponibilidad, incluso estando muy atentos, estando resueltamente presentes en nuestra vida, a veces lo que nos paraliza es la impotencia ante el ataque invasivo y desproporcionado de la realidad, como ocurrió en 2019: la realidad irrumpió en nuestras vidas de forma generalizada en forma de coronavirus, o más recientemente, cuando ante nuestros ojos están siendo exterminados nuestros semejantes, insoportablemente. Solo tenemos palabras para defendernos, puede que las palabras no alcancen para frenar un genocidio, ni mucho menos para lograr la inmunidad de rebaño; quizás estemos en inferioridad de condiciones, pero aun así las palabras son más necesarias que nunca, porque representan uno de los principales vehículos de expresión de lo que significa ser humano. Lo he dicho con anterioridad y me reafirmo en ello: la poesía, el amor, el amor a las palabras, pues, son nuestro último reducto de humanidad y esperanza.

    No hay nada extraordinario en el hecho de crecer, de envejecer, y de transitar por la vida obviando los cometas que nos visitan solo una vez cada cien años. Por alguna razón tenemos la necesidad de dejar testimonio de nuestro paso por el mundo, debemos levantar acta aun de la futilidad de estar vivos, tanto como de la crueldad fundada en intereses espurios. Creo que esto también puede ser valioso: nuestra obligación como poetas es dar testimonio definitivo de lo que supone estar vivo en medio del sistema capitalista: vidas colmadas con nada más que espejismos, vidas barridas de la faz de la tierra con el único fin de ganar más terreno para la factoría que produce los espejismos. El paso ilusionante del cometa también es una alucinación, la proyección de sombras sobre el muro más profundo del museo de cera, esto es, de la caverna. La tensión adquiere aquí un nuevo matiz, entre verdad y propaganda.



Ivan Klíma escribe en su novela Amor y basura: «El hombre se resiste a aceptar que lo más esencial de su vida ya ha pasado, que todas las esperanzas se han colmado. Se niega a mirarle a los ojos a la muerte, y pocas cosas se acercan tanto a la muerte como el amor correspondido». Me interesa mucho esta aproximación al mundo de las relaciones, porque connota cierta ambivalencia. El de las relaciones, en general, es un campo muy fértil, aunque al mismo tiempo puede ser un campo minado, donde «dos no es igual a uno más uno», como dice la canción de Joaquín Sabina; es decir, en numerosas ocasiones, el de la pareja es un campo abonado para el equívoco, sobre todo, en una deriva relacional que presenta la dificultad de asumir el exceso de aquello que es radicalmente otro.

    Fuente de equívoco son, asimismo, ciertas aspiraciones absolutamente banales, ridículas, incluso, por más que humanas, como la de popularidad (medida en seguidores, que no en lectores) en un campo tan minoritario como el de la poesía, lo cual es difícilmente cuantificable sobre todo en el mundo de las redes sociales, más propensas a la antisocialización que a la socialización; es decir, la propagación vírica y la desaparición instantánea arrojan como resultado el reflejo acrítico en la pantalla líquida de la individualidad descomprometida. Sin compromiso no hay poesía, porque la poesía es el arte de la aceptación, integración y celebración de lo que es radicalmente otro.

    Diario de poeta y mar, de Juan Ramón Jiménez, terminó llamándose Diario de un poeta recién casado, título que Jon Juaristi adoptó con sorna en Diario de un poeta recién cansado a mediados de los ochenta. Es evidente el propósito desmitificador de ese giro, que asimismo podemos reclamar para este «Diario de un poeta fracasado». En efecto, nos proponemos este sano distanciamiento al asimilar la condición de autor a la de amante, con idénticos y pírricos resultados; pero, en poesía, bromas las justas cuando no se atienen a las justas entre poetas compitiendo por lo único que realmente pueden disputarse. Los poetas no se disputan la audiencia, siempre raquítica, ni la subvención, siempre arbitraria. Lo que de verdad los poetas se disputan es la “transcendencia”, siempre entrecomillada. Como los amantes no se disputan el reino de la boca, sino el del corazón. Los cuerpos son tierra de nadie, el terreno en el se despliegan maniobras disuasorias y se firman tensas alianzas.

    La tensión definitiva trasciende el ámbito de la literatura, porque, en mi opinión, la poesía refuerza nuestra capacidad de empatía y mejora nuestra disposición para el placer. No concibo ninguna forma de arte, y entiendo que la poesía lo es, que no opere una transformación en su receptor o receptora, porque, de hecho, ya debió operar esa transformación en quien la escribió. Antes decía, citando a Vila-Matas, que al ordenar el mundo con palabras modificamos la naturaleza del mundo, y, sin embargo, la naturaleza que se modifica en primer lugar es propiamente la de quien escribe. Se escribe, entonces, para llegar a ser. Se escribe, también, para adaptar lo de afuera a lo de dentro, y viceversa. El fin último de la literatura debe ser hacer de nosotros personas mejores, en tanto en cuanto que más completas, en un mundo más habitable, en definitiva, sacar de nosotros nuestro mejor yo, como quería Salinas.

    Más allá (más acá, también) del sueño utópico, el deseo de asistir al paso de este cometa no es tanto por constatar que la vida quedó definitivamente atrás, como el movimiento de apertura consciente de que todo vuelve a empezar y que en eso consiste estar vivo. Que los poemas nos cambien la vida, tanto a quien los escribe como a quien los lee, es mi mayor aspiración. El placer no ha de ser un medio, sino el fin.

José Blanco, Derecho al olvido (PPT ediciones, Teruel, 2026).

EL AMOR Y LA POESÍA. KALEIDOSKOPIK (y II)

 



He dejado para el final las piezas centrales de mi contribución a Kaleidoskopik. Es la primera vez que expongo este trabajo. Podemos considerar estos dos collages digitales una obra en proceso. Lo que hoy es un díptico empezó siendo un solo panel, el de la derecha, con el título L'Amoroso, como el concierto de Vivaldi, cuya escritura autógrafa sirve de fondo; aunque probablemente terminará siendo un tríptico, donde faltaría el panel central, mayor que los laterales. En un primer vistazo, encontramos en ambas piezas elementos comunes: el planeta tierra, que ocupa la misma posición, el personaje femenino, como dadora del amor y la poesía, y un fondo de partitura, con escritura autógrafa, aquí, textual, y allí, musical. El tema del conjunto es el amor y la poesía, como ya he sugerido (véase la entrada anterior de este blog). Leamos estas dos piezas de izquierda a derecha:

En el panel de la izquierda, que podríamos llamar El ajedrez, el personaje alza la mirada hacia nosotros, nos interpela ante un mundo invadido por piezas de ajedrez gigantescas —obsérvese que la únicas piezas que vemos son las más poderosas—; es decir, el mundo como tablero donde se libra la partida que deciden las élites. Esto no quiere decir que no haya peones, sino que han sido borrados, o las otras piezas se alzan directamente sobre ellos. El gesto de desvalimiento del personaje nos induce a reflexionar sobre qué puede la poesía, si tan solo parece sostener una insignificante cinta de palabras en un contexto de desproporción y desigualdad. Y, sin embargo, esa cinta es un hilo de Ariadna que puede ayudarnos a encontrar la salida del laberinto en el que nos hemos metido como especie. Al menos, así lo creo. Todo esto sucede sobre un fondo de escritura en borrador, porque la poesía viene de la reflexión y de la búsqueda consciente, antes que de la iluminación. «El amor y la poesía son mi gran recompensa», leemos como conclusión en la escritura del fondo.

Cuando tiramos de este hilo de Ariadna, lo que hallamos está representado como alegoría en el panel de la derecha o L'Amoroso: la belleza, la armonía, la suavidad de las formas, también deben leerse en profundidad, porque hablan de atención, de cuidado, de acompañamiento, de consuelo y de esperanza. El amor y la poesía realizan un movimiento a favor de la rotación del planeta. Estamos hablando pues de ecologismo, de feminismo, de pacifismo, de vivir en un mundo donde nadie es más que nadie. Quizá alguien vea en todo ello un exceso de buenismo inocuo, pero lo que verdaderamente subyace a estas imágenes, y a toda forma de arte en general, es un llamamiento a la deserción. El amor y la poesía comparten, sobre todo, que son dos formas de ruptura: reordenan el mundo en el sentido de que lo ponen patas arriba y, lo que es más importante, se basan en la integración de lo que es radicalmente otro. La deserción por tanto se da en el campo de lo igual a sí mismo; es decir, en el ámbito dominado por la alienación tecnológica, la futilidad, la inmediatez, la imposibilidad de asimilación y, en consecuencia, la manipulación. El tempo reposado del amor y la poesía se opone a la catarata incontenible y el enturbiamiento de la información. En definitiva, inteligencia emocional versus inteligencia artificial. Desertar para conservar un ápice de humanidad.




KALEIDOSKOPIK, del colectivo 2,5 KLTB (Jose Blanco, Juan Crego, Patxi Serrano), permanecerá expuesta hasta el 27 de agosto de 2026 en el Centro Cívico Clara Campoamor (Gernikako Arbola Etorbidea 41, Barakaldo).

KALEIDOSKOPIK (I)



La sección que ocupo en este caleidoscopio quizás sea la más convencional, en el sentido de que no utilizo medios tecnológicos, como mis compañeros Juan Crego y Patxi Serrano, al menos para la exhibición de las piezas, aunque algunas han sido realizadas con programas de diseño. Como podéis ver, estas seis piezas consisten en collages y confecciones realizadas por medio de dos procedimientos: la mitad son collages al uso, utilizando tijera y pegamento y la otra mitad son collages digitales, elaborados con ordenador. Todas las piezas han sido realizadas después de 2010, que es la fecha de referencia en que se inicia mi colaboración con el colectivo 2,5 KLTB.



Lo primero que, seguramente, llamará vuestra atención, es que en esta sección no existe un esquema que identifique cada pieza con su título. No he querido concretar tanto porque los títulos en mi caso suelen ser provisionales, a menos que deban ser publicados negro sobre blanco; es decir, El enamorado es el título de este primer collage, pero también en otro momento podría llamarse de otra manera, por ejemplo, «el corazón por los ojos», o «bragas rojas». Ha sido elaborado a base de recortes. Observaréis que esta pieza y la que enmarca la sección por el otro flanco incorporan sendos fetiches. No voy a dar más detalles sobre ello. Prefiero dejarlo a vuestra libre interpretación. Destacaré, en cambio, el elemento autoreferencial: la reproducción de un poema visual mío dentro de la obra principal. El usted está aquí de la tarjeta sería la declaración de este personaje que rezuma una presencia o presencias. La persona enamorada suele estar habitada. A este personaje le brota por los orificios el objeto de su amor o deseo.

Todas las piezas expuestas tienen como denominador común el amor y la poesía, como veremos. En mi opinión, el amor es el verdadero motor de la existencia, por efecto o por defecto, y la poesía, su profeta.



La ausente podría ser el título de la siguiente pieza. Representa una mujer sin rostro, idealizada, envuelta en un inquietante halo de belleza y misterio, que es objeto de admiración por ojos escrutadores. Es una técnica mixta. Además de la confección a base de recortes, el fondo de ojos es una impresión por transferencia con disolvente. Y la incrustación en el ángulo inferior izquierdo vuelve a ser un objeto cotidiano, un espejo en el que vernos reflejados, si nos situamos a la altura adecuada, donde sumamos nuestros ojos a los del fondo, pero al mismo tiempo consigue que cambie la perspectiva de observador a observado, esto es, nos volvemos, inopinadamente, los objetos de la admiración del elemento mágico, de la ausente en quien proyectamos la belleza y el misterio.




Esto no es un cuadro, sino una acción de Justicia poética. Resumo muy brevemente el asunto: La primera vez que viajé a París en los años 80 del pasado siglo no se permitía sacar fotografías en los museos. Al realizar el viaje por segunda vez, cuando cumplí los 40 en la primera década del siglo XXI, me encontré con que ya no existía tal restricción. Pero eso no fue lo más impactante, sino que aprecié otro cambio en la manera de “disfrutar” del arte. Un cuadro que en su día yo había contemplado sin estorbos en una sala general del Louvre protegido únicamente por un cordón de terciopelo rojo, de repente ocupaba una gran sala en exclusividad dentro de una vitrina blindada, rodeado por una abigarrada nube de turistas. Era la Mona Lisa de Da Vinci. Como no podía acercarme al cuadro, me dedique a sacar fotos del enjambre de curiosos. No quedó ahí la cosa. En la orilla opuesta del Sena se encuentra el Museo D'Orsay, donde hallé la motivación para realizar este acto de justicia poética. En una sala lateral, sin tránsito, porque no daba acceso a ninguna otra sección estaba El origen del mundo, de Courbet. No había nadie, y cuando digo nadie es nadie, estuve yo solo delante del cuadro bastante tiempo. La acción de justicia poética ha consistido en robarle el público a la Gioconda para dárselo a la ninguneada obra de Courbet.



Este Elogio de la música está emparentado con La ausente y El enamorado, tanto en el procedimiento como en el uso de objetos y en los elementos que configuran el personaje. Como novedad, tenemos la partitura del fondo y la escritura, que no es musical, sino textual. Un único verso, tomado de uno de mis poemas («Joven mordido por un lagarto»), es un alejandrino que dice: «buscando un hombre libre, encontré una mujer». El elogio de la música es en puridad una celebración del eterno femenino, de la belleza y sensualidad que tanto me inspiran, por supuesto, pero al mismo tiempo es la reivindicación de la modulación feminista de una conciencia desobediente con la exigencia capitalista de productividad, competitividad y violencia intrínseca al sistema, que, en palabras de Sara Torres: «abre hueco a otras formas culturoafectivas y a otras maneras de organizar la interpretación de lo real».


KALEIDOSKOPIK, del colectivo 2,5 KLTB (Jose Blanco, Juan Crego, Patxi Serrano), permanecerá expuesta hasta el 27 de agosto de 2026 en el Centro Cívico Clara Campoamor (Gernikako Arbola Etorbidea 41, Barakaldo).