José Blanco, Derecho al olvido (PPT ediciones, Teruel, 2026).
José Blanco, Derecho al olvido (PPT ediciones, Teruel, 2026).
He dejado para el final las piezas centrales de mi contribución a Kaleidoskopik. Es la primera vez que expongo este trabajo. Podemos considerar estos dos collages digitales una obra en proceso. Lo que hoy es un díptico empezó siendo un solo panel, el de la derecha, con el título L'Amoroso, como el concierto de Vivaldi, cuya escritura autógrafa sirve de fondo; aunque probablemente terminará siendo un tríptico, donde faltaría el panel central, mayor que los laterales. En un primer vistazo, encontramos en ambas piezas elementos comunes: el planeta tierra, que ocupa la misma posición, el personaje femenino, como dadora del amor y la poesía, y un fondo de partitura, con escritura autógrafa, aquí, textual, y allí, musical. El tema del conjunto es el amor y la poesía, como ya he sugerido (véase la entrada anterior de este blog). Leamos estas dos piezas de izquierda a derecha:
En el panel de la izquierda, que podríamos llamar El ajedrez, el personaje alza la mirada hacia nosotros, nos interpela ante un mundo invadido por piezas de ajedrez gigantescas —obsérvese que la únicas piezas que vemos son las más poderosas—; es decir, el mundo como tablero donde se libra la partida que deciden las élites. Esto no quiere decir que no haya peones, sino que han sido borrados, o las otras piezas se alzan directamente sobre ellos. El gesto de desvalimiento del personaje nos induce a reflexionar sobre qué puede la poesía, si tan solo parece sostener una insignificante cinta de palabras en un contexto de desproporción y desigualdad. Y, sin embargo, esa cinta es un hilo de Ariadna que puede ayudarnos a encontrar la salida del laberinto en el que nos hemos metido como especie. Al menos, así lo creo. Todo esto sucede sobre un fondo de escritura en borrador, porque la poesía viene de la reflexión y de la búsqueda consciente, antes que de la iluminación. «El amor y la poesía son mi gran recompensa», leemos como conclusión en la escritura del fondo.
Cuando tiramos de este hilo de Ariadna, lo que hallamos está representado como alegoría en el panel de la derecha o L'Amoroso: la belleza, la armonía, la suavidad de las formas, también deben leerse en profundidad, porque hablan de atención, de cuidado, de acompañamiento, de consuelo y de esperanza. El amor y la poesía realizan un movimiento a favor de la rotación del planeta. Estamos hablando pues de ecologismo, de feminismo, de pacifismo, de vivir en un mundo donde nadie es más que nadie. Quizá alguien vea en todo ello un exceso de buenismo inocuo, pero lo que verdaderamente subyace a estas imágenes, y a toda forma de arte en general, es un llamamiento a la deserción. El amor y la poesía comparten, sobre todo, que son dos formas de ruptura: reordenan el mundo en el sentido de que lo ponen patas arriba y, lo que es más importante, se basan en la integración de lo que es radicalmente otro. La deserción por tanto se da en el campo de lo igual a sí mismo; es decir, en el ámbito dominado por la alienación tecnológica, la futilidad, la inmediatez, la imposibilidad de asimilación y, en consecuencia, la manipulación. El tempo reposado del amor y la poesía se opone a la catarata incontenible y el enturbiamiento de la información. En definitiva, inteligencia emocional versus inteligencia artificial. Desertar para conservar un ápice de humanidad.
La sección que ocupo en este caleidoscopio quizás sea la más convencional, en el sentido de que no utilizo medios tecnológicos, como mis compañeros Juan Crego y Patxi Serrano, al menos para la exhibición de las piezas, aunque algunas han sido realizadas con programas de diseño. Como podéis ver, estas seis piezas consisten en collages y confecciones realizadas por medio de dos procedimientos: la mitad son collages al uso, utilizando tijera y pegamento y la otra mitad son collages digitales, elaborados con ordenador. Todas las piezas han sido realizadas después de 2010, que es la fecha de referencia en que se inicia mi colaboración con el colectivo 2,5 KLTB.
Lo primero que, seguramente, llamará vuestra atención, es que en esta sección no existe un esquema que identifique cada pieza con su título. No he querido concretar tanto porque los títulos en mi caso suelen ser provisionales, a menos que deban ser publicados negro sobre blanco; es decir, El enamorado es el título de este primer collage, pero también en otro momento podría llamarse de otra manera, por ejemplo, «el corazón por los ojos», o «bragas rojas». Ha sido elaborado a base de recortes. Observaréis que esta pieza y la que enmarca la sección por el otro flanco incorporan sendos fetiches. No voy a dar más detalles sobre ello. Prefiero dejarlo a vuestra libre interpretación. Destacaré, en cambio, el elemento autoreferencial: la reproducción de un poema visual mío dentro de la obra principal. El usted está aquí de la tarjeta sería la declaración de este personaje que rezuma una presencia o presencias. La persona enamorada suele estar habitada. A este personaje le brota por los orificios el objeto de su amor o deseo.
Todas las piezas expuestas tienen como denominador común el amor y la poesía, como veremos. En mi opinión, el amor es el verdadero motor de la existencia, por efecto o por defecto, y la poesía, su profeta.
La ausente podría ser el título de la siguiente pieza. Representa una mujer sin rostro, idealizada, envuelta en un inquietante halo de belleza y misterio, que es objeto de admiración por ojos escrutadores. Es una técnica mixta. Además de la confección a base de recortes, el fondo de ojos es una impresión por transferencia con disolvente. Y la incrustación en el ángulo inferior izquierdo vuelve a ser un objeto cotidiano, un espejo en el que vernos reflejados, si nos situamos a la altura adecuada, donde sumamos nuestros ojos a los del fondo, pero al mismo tiempo consigue que cambie la perspectiva de observador a observado, esto es, nos volvemos, inopinadamente, los objetos de la admiración del elemento mágico, de la ausente en quien proyectamos la belleza y el misterio.
Esto no es un cuadro, sino una acción de Justicia poética. Resumo muy brevemente el asunto: La primera vez que viajé a París en los años 80 del pasado siglo no se permitía sacar fotografías en los museos. Al realizar el viaje por segunda vez, cuando cumplí los 40 en la primera década del siglo XXI, me encontré con que ya no existía tal restricción. Pero eso no fue lo más impactante, sino que aprecié otro cambio en la manera de “disfrutar” del arte. Un cuadro que en su día yo había contemplado sin estorbos en una sala general del Louvre protegido únicamente por un cordón de terciopelo rojo, de repente ocupaba una gran sala en exclusividad dentro de una vitrina blindada, rodeado por una abigarrada nube de turistas. Era la Mona Lisa de Da Vinci. Como no podía acercarme al cuadro, me dedique a sacar fotos del enjambre de curiosos. No quedó ahí la cosa. En la orilla opuesta del Sena se encuentra el Museo D'Orsay, donde hallé la motivación para realizar este acto de justicia poética. En una sala lateral, sin tránsito, porque no daba acceso a ninguna otra sección estaba El origen del mundo, de Courbet. No había nadie, y cuando digo nadie es nadie, estuve yo solo delante del cuadro bastante tiempo. La acción de justicia poética ha consistido en robarle el público a la Gioconda para dárselo a la ninguneada obra de Courbet.
Este Elogio de la música está emparentado con La ausente y El enamorado, tanto en el procedimiento como en el uso de objetos y en los elementos que configuran el personaje. Como novedad, tenemos la partitura del fondo y la escritura, que no es musical, sino textual. Un único verso, tomado de uno de mis poemas («Joven mordido por un lagarto»), es un alejandrino que dice: «buscando un hombre libre, encontré una mujer». El elogio de la música es en puridad una celebración del eterno femenino, de la belleza y sensualidad que tanto me inspiran, por supuesto, pero al mismo tiempo es la reivindicación de la modulación feminista de una conciencia desobediente con la exigencia capitalista de productividad, competitividad y violencia intrínseca al sistema, que, en palabras de Sara Torres: «abre hueco a otras formas culturoafectivas y a otras maneras de organizar la interpretación de lo real».